Definición de violencia

El concepto de violencia puede tener diferentes
niveles de generalización y abstracción:

  1. En su forma más abstracta violencia significa
    la potencia o el ímpetu de las acciones físicas
    o espirituales. Así, la violencia de una explosión
    atómica indica la intensidad de las fuerzas
    físicas liberadas en este fenómeno y la
    violencia de una pasión indica, de manera similar,
    la vehemencia con que una persona se
    apresta a conseguir aquello que desea.
  2. En un sentido más concreto, la violencia
    puede ser definida como la fuerza que se hace
    a alguna cosa o persona para sacarla de su
    estado, modo o situación natural. Si se admite,
    como así lo hacemos nosotros, que todo
    ser tiene una naturaleza propia, entonces debemos
    admitir que la persona tiene también
    una “esencia humana” a la que deben ajustarse
    sus comportamientos individuales o sociales.
    Sobre la línea de este supuesto debemos
    entonces calificar como violencia todo
    acto que atente contra esta naturaleza esencial
    del hombre y que le impida realizar su verdadero
    destino, esto es, lograr la plena humanidad.
    Así, la institución de la esclavitud en la
    cultura grecorromana era una institución violenta
    ya que impedía al esclavo el acceso a la
    libertad jurídico-política, libertad que constituye
    uno de los componentes fundamentales
    de la naturaleza ideal del ser personal.
  3. Por último, en un nivel semántico más preciso
    y restringido, violencia es la acción o el
    comportamiento manifiesto que aniquila la
    vida de una persona o de un grupo de personas
    o que pone en grave peligro su existencia.
    Violencia es, por tanto, agresión destructiva e
    implica imposición de daños físicos a personas
    o a objetos de su propiedad en cuanto
    que tales objetos son medios de vida para las
    personas agredidas o símbolos de ellas.

Gil-Verona, J., et al. (2002). Psicobiología de las conductas agresivas. Anales de psicología. Vol. 18. No.2. pp. 293-303

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Sobre la digresión

Había preparado una pequeña digresión sobre las escalas de nuestra naturaleza física para publicarla hoy, pero decidí que no está lista. En vez de eso mejor diré un par de cosas en torno a la motivación que subyace a ese texto.

Bien, parafraseando a Searle, la cuestión es la siguiente, ¿cómo es posible que una serie de reacciones electroquímicas sean la base material de nuestra conciencia? Claro, asumiendo desde ya una suerte de monismo materialista, al tomar en cuenta las diferentes escalas, desde las partículas subatómicas, los átomos, los enlaces, las moléculas y los compuestos, con los cuales operan las células que nos conforman como organismos vivos capaces de presentar conductas inteligentes.

Como ya he dicho antes, asumo que soy un ejemplar de un tipo de organismo que tiene la capacidad de realizar obras muy variadas. Somos organismos racionales, sociales, sentimentales, religiosos, éticos, políticos, culturales, etcétera, y todos nuestros cuerpos tienen una base biológica en común. Quisiera afirmar que no entiendo por qué este hecho me causa tanta conmoción, pero más bien, no entiendo por qué alguien no se sentiría conmocionado por ello.

A.K.

Mandato délfico

A mi derecha tengo un libro con muchos poemas, y todos ellos no pueden responder a la pregunta que ha rondado mi vida durante algún tiempo: ¿qué soy?

Si bien los poemas no pueden responder a esa pregunta sí que arrojan alguna luz sobre la cuestión: hay una parte de mi ser que es sensible, y es algo que comparto con todos los demás seres como yo, porque hay seres como yo y yo soy como otros seres. Es algo simple de figurarse, basado quizá en intuiciones, como he visto hacer a otros usuarios de la analogía.

Soy un ser sensible, como cualquier otro, pero en ello no se agota lo que soy, insisto. Dejemos claro que sensibilidad, en este preciso montón de letras significa solamente la cualidad de ser afectado por estímulos externos e internos, los mismos que proveen la poesía, la música y la pintura, expresiones sublimes de aquello de lo que soy una ínfima parte.

Pero ese tipo de estímulos también los provee la naturaleza (de la cual no se puede escapar) al hallarse bajo la intensa luz de nuestro sol o al disfrutar la caricia del viento, y lo mismo al detenerse a observar lo que hay en “nuestro interior”. Afirmo que nada de esto termina de responder a la pregunta y más bien la sume en la penumbra.

Quizá es una pregunta mal formulada. Podría en vez de ello preguntarme por mi naturaleza, ¿cuál es mi naturaleza? La sensibilidad parece ser parte integrante, lo mismo que la capacidad de dudar. Soy apto para moverme brusca o sutilmente. La expresión, como necesidad, parece ser común a cualquiera dentro de la norma, al igual que la capacidad de representar y de manipular esas representaciones. Nociones más, nociones menos, una ráfaga de pensamientos, la idea es la misma: todo eso es mi naturaleza, o al menos parte de ella.

Acepto que eso todavía no me convence, ni creo que sea capaz de convencer a nadie. Si bien puedo aceptar que mi naturaleza en parte es así, debo hacerlo con ciertas consideraciones acerca de la forma y el ambiente en que me he venido desarrollando, y la misma consideración vale para cualquiera. Claramente, la respuesta está lejos de ser terminante, aunque por lo pronto me alegro de que así sea.

Ahora, si retomo esto último e intento extrapolarlo para responder a la pregunta inicial, la consecuencia es siempre la misma: no se agota lo que soy y el abismo permanece infranqueable.

Hasta que recuerdo que soy yo, el que lee y siente los poemas y el que dedica su tiempo a indagar sobre las preguntas de toda la vida (humana) y sobre las posibles respuestas a las mismas. Últimamente, respuestas de acuerdo con lo que hemos aprendido a partir de nuestra actividad inquisitiva, pero esta ya es una canción diferente, que si no tenemos cuidado al oírla podemos embelezarnos con ella y como consecuencia caer en el estupor de un reduccionismo brutal.

A.K.

De la sensación al escepticismo.

Recuerdo nítidamente esa primera vez que estuvo frente a mis ojos: el escepticismo me carcomía las entrañas mientras intentaba procesar cada una de las sutiles formas que ante mí se revelaban.

Me era difícil aceptar que la escena no fuera producto de la ensoñación, principalmente porque en un contexto como ese resultaba inverosímil encontrar tal expresión de belleza. Aunque no tardé mucho en aceptar que podía ser real.

La impresión fue honda, aunque fugaz, y no me cercioraría de la realidad de su fuente sino hasta tiempo después, cuando las fechas llegaron y el encuentro se tornó inminente. A partir de esto, y sin desearlo, escuchamos nuestras voces y aprendimos nuestros nombres.

Nos conocimos, y aún así el escepticismo inicial jamás se había desvanecido, muy por el contrario, sus raíces estaban ahora aferradas al núcleo de mi ser. De alguna manera me encontraba partido, por un lado, en el goce derivado de saber que la belleza en este mundo era real y por otro, en ese cáustico escepticismo que me hacía manipular mis pensamientos de la manera más cautelosa posible, y que incluía constantes revisiones de por qué creía lo que creía y sentía lo que sentía.

Considero innecesario detenerse mucho más en este asunto, y mi manera de resumir su sentido es decir que, una manera de lidiar con esa especie de bifurcación fue adoptar el pensamiento de que contemplar y reflexionar son dos aspectos de una misma actividad; las más de las veces lo que contemplamos está permeado por los resultados de la reflexión y viceversa. Otra forma de decir esto es que, sentirse partido en dos, o en mil, o no sentirse partido en lo absoluto, ha de ser algo habitual en el camino de cualquiera que busca poner en duda sus propias creencias y que atiende concienzudamente a lo que se dice sobre la existencia de tales o cuales objetos.

A.K.

Luna de Nieve

LOS AMANTES - MAGRITTE

Mi naturaleza es desear verla.

Según Kojève y su lectura de Hegel, para ser hombre hace falta ser capaz de negar la propia naturaleza. Así que, para ser considerado como tal, debería aplacar ese deseo y omitir cualquier intento de buscarla.

¿Qué se gana con esto? ¿Acaso se obtiene la libertad?

Admito que amo la libertad, y admito que deseo mirarme en sus ojos y escucharla llamarme mentiroso nuevamente.

Otra lectura, un tanto ecléctica, y ad hoc si se quiere, nos dice que tras esta negación de la naturaleza se justificaría la capacidad de preguntar.

¿Por qué?

Por la simple consecuencia de hacer interactuar las indicaciones de Kojève con ciertas ideas de Heidegger presentadas por Gaos: “el único animal capaz de hacer preguntas es el hombre”. Se entiende que “hombre” aquí parte de una concepción que trasciende el aspecto biológico, para situarse en una perspectiva filosófica y existencial.

En esos términos, dejarme llevar por mi propensión natural hacia ella implicaría renunciar a la posibilidad de formular pregunta alguna, es decir, sería un rechazo de la capacidad de cuestionar y cuestionarme.

En otras palabras, implicaría aceptar con total conformidad el desconocimiento de mí como persona, a la vez que entregar las riendas de mi conducta, ahora ya no sólo fisiológicamente, sino en el aspecto subjetivo o cualitativo de mi existencia, al desenfreno y la inconsciencia derivadas de la animalidad más elemental.

¿Por qué negar, citando a KoЯn, la bestia básica que yace en cada uno de nosotros y que está presente ya en el aspecto biológico?

Después de todo, si se ve desde una perspectiva un poco más amplia, explorar ese aspecto primordial y básico es coherente con el mandato délfico del conocimiento de sí. Sin dejar las manías conceptuales habría que distinguir entre conocerse y crearse, como si a lo primero le calzara el desenterrar y a lo segundo le fuera más el erigir: una arqueología y una arquitectura, si se antoja.

Siendo presa de un delirio especulativo y de una suerte de dualismo puedo decir que del cuerpo, de la animalidad y de las propensiones naturales surgen el impulso, la fuerza, el deseo y el poder para estar frente a ella, y de la reflexión y del pensamiento, es decir, de la actividad propia del ser humano o de aquel hombre en sentido existencial, surgen el moldeamiento y la dirección de la naturaleza: lo fabricado en sus formas pero natural en sus bases e intenciones se sujeta al orden de un inevitable dilema que no existe más allá de la razón y el deseo entre un hombre y una mujer, sintetizados ambos en un ubicuo diálogo en el lenguaje diáfano de un beso.

A.K.

Carnap

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I wonder if there is something like a metaphysical truth out there.

After reading an introduction to Carnap’s thought written by philosopher Álvaro Peláez, I reached an idea: there are at least two kinds of proposals concerning human understanding about “reality” or about the “world” (I don’t want to take those terms as equal, but I think that in some sense, a theory about the world implies a theory about reality and viceversa).

One of those proposals is epistemic in its basis: I mean, there is a “reality” conformed by a conceptual or linguistic frame, that obviously needs an epistemic agent to be achieved, or in other words, implies the subject-object relationship.  In the other hand there is this proposal about a “reality” that exceeds the existence of any human being aka epistemic agent: it means that there is a “reality” that doesn’t need an epistemic agent to exist or a relationship between the subject and the object. I’m talking about a “reality” or a “world” that will stay the same: with its own rules and its own nature even if every human being or any consciousness disappeared.

A.K.

 

Extracto de un reporte sobre filosofía náhuatl.

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El fundamento de todo lo que existe, Ometéotl, se divide a sí mismo en otros dioses, los cuales representan ciertas fuerzas naturales y se encuentran relacionados con los cuatro elementos y con los cuatro rumbos del universo. Dichas fuerzas se encuentran en constante lucha y a raíz de ella surge el universo y la vida. Las constantes luchas entre esas fuerzas primigenias: Quetzalcóatl y Tezcatlipoca son retratadas en lo que se conoce como La leyenda de los soles o Manuscrito náhuatl de 1558. El que se mencione tal obra es coherente con la relevancia que Miguel León Portilla atribuye a las fuentes documentales.

Desde una perspectiva filosófica, se puede comprender la leyenda, que aparece en el documento mencionado, como fuente de nociones cosmológicas y teológicas propias del pensamiento náhuatl. Nociones que a su vez tendrán un lugar dentro del esquema ético-conductual de esa cultura. Para justificar esto que se dice sobre un esquema ético-conductual, hay que atender a lo que se deriva de la lucha de fuerzas primigenias.

Grosso modo, la lucha entre Quetzalcóatl y Tezcatlipoca ha sucedido paralelamente a la creación y la destrucción de varios soles y con ellos, de los macehuales, una adaptación al español del término náhuatl para “hombre”. Más allá de que ambos aspectos, la lucha y la destrucción, aparezcan de forma paralela, habría que resaltar entre ellos una relación causal: es la lucha entre las fuerzas la que origina los soles y también la que ocasiona la destrucción de los mismos.

Anterior a la actual época han existido cuatro soles, y con ellos, cuatro diferentes tipos de macehuales, los primeros eran gigantes que fueron devorados por tigres. En el segundo sol, todo fue arrasado por el viento y los macehuales fueron convertidos en monos. Para el tercer sol, la destrucción llegó en forma de una lluvia de fuego y sus macehuales fueron transformados en guajolotes. El cuarto sol está caracterizado por la destrucción que provocó el agua y por la transformación de sus macehuales en peces.

Esta época, que compartimos con los náhuatl, aunque unos 460 años después de la narración registrada en La leyenda de los soles, es la época del quinto sol, el sol de movimiento o Nahui ollin Tonatiuh, según señala Miguel León Portilla. Se dice que esta quinta época terminará por un fuerte movimiento de tierra.

¿En qué sentido la leyenda de los soles está relacionada con ese esquema ético-conductual de la cultura náhuatl? Para responder a esta pregunta hay que recordar una de las conductas características de aquella cultura: el sacrificio. De manera breve hay que decir que, el sacrificio en esa cultura tiene como objeto el de alimentar al sol para fortalecerlo. Parece natural que ante una posible amenaza, lo que se hace es atender los puntos de riesgo, a modo de precaución. En otras palabras, ante la amenaza de la destrucción de Nahui ollin Tonatiuh y, con ello, la destrucción de los macehuales, no quedaba más que esforzarse por brindar al sol toda la ayuda posible para resistir la destrucción y continuar con su movimiento generador y conservador de la vida.

A.K.